lunes, 20 de octubre de 2014

GAU

   
                                                               I

      La impetuosidad del viento parecía que intentaba arrancar las piedras de las calles desérticas provocando a los faroles a asirse del único dedo metálico que poseían. Para algunos habitantes era lo más interesante que ocurría en el pueblo en esa temporada, pues con el viento estival llegaban objetos venidos de quién sabe donde.

Gau se desmodorraba de su letargo. Tenía que investigar qué había llegado. Su sapiencia le dictaba mostrar cautela, mirar a distancia, vigilar con paciencia un buen rato para discernir si era algo vivo, abordar con precaución y oler. Tocar con cuidado. Mover el bjeto para ver si hay reacción de su parte, si no la hay, probar con la lengua; frío, seco, áspero: un zapato. Gau no lo sabe. Era un zapato. Objeto nada común en el pueblo. No es por que la gente anduviera descalza, ellos y los que llegaban usaban sandalias de piel. El zapato era de tela brocada, tacón de copa, bordado con hilos de un metal dorado. Gau no sabría que era un zapato victoriano, versallezco, como los que dice la historia que usó María Antonieta. 
Resuelto el misterio para Gau, continuó su recorrido rumbo a la estación del tren. No había que caminar mucho, el pueblo constaba de unas cuantas cuadras. El sol en el cielo mostraba que tenía que esperar un poco para la llegada del tren. 
El pelaje de Gau lucía un hermoso verde bajo la luz solar. El lo sabía, se mostraba orgullso, con su caminar lento, fino, con la elegancia de quien se sabe único. Ya estaba en la adolescencia cuando su madre adoptiva, una hembra de la raza cannis, que murió de vieja ya hacía mucho tiempo, lo dejó para custodia de la estación del tren. Hay que vigilar quien llega.

Antes de detenerse completamente la locomotora, alguna gente brincaba de los vagones. Ya detenida, bajaban señoras con grandes canastas de frutas, señores serios y niños gritones. Gau se acercaba. En el ambiente se mezclaban los olores a pan, dulces, gallinas, sudor, flores. La gente que se tenía que ir abordaba rapidamente y el tren marchaba. La vieja estación de madera otra vez estaba sola. Gau se acercaba a la vía férrea para olerla. Siempre el aroma dulzón. No hay rastro. Las ruedas del tren no dejaban la huella olfativa de los objetos aparecidos por el viento. No huele a zapato antiguo, no huele a fusil usado, no a tapete turco ni a sotana de monje, tampoco a computadoras de oficina. La mole de acero no dejaba olor en el pueblo de cosas extrañas, ellas venían sólo con el viento de otoño.
Y eran extrañas por que nadie sabía desde donde rodaban, volaban o caían. El pueblo estaba muy lejano de cualquier ciudad y tal vez de algún mapa geográfico, entre las montañas y sólo se llegaba por medio del tren. Gau tenía que seguir investigando y esperar.


                                                               II

     Demasiadas millas para volver. No siempre se és el mismo. No ves nada igual, ni siquiera un gato.


                                                               III

     La noche ha sido extensa. El aire frío me tostaba el pelo y se colaba entre él hasta mis arterias.
Ayer llegó un miñu con un cuello arqueado, roto, sus brazos abiertos pero atados, como cuando matan a un pollo o una chiva. Eso es terrible, verlos morir. Cómo se vuelven líquidos y se escapan por los poros del suelo. He observado de lejos cuando se van, cuando se vuelven tierra, se vuelven olor y giran por las calles, se van a las montañas, es ahí donde nos escaparemos todos algún día, cuando no nos funcione nuestro cuerpo. 
Pero el miñu no se fundió, no tenía vida, estaba rígido. Llegó con el viento también. Su cuerpo era triangular, hueco de en medio, su cabeza semejaba un círculo sin cerrar, carecía de aroma. Ya no tenía importancia.
El dolor en mi extremidad derecha posterior era más agudo; de repente me aborda, me sujeta con fuerza, no me da tiempo de correr, me oprime, me pellizca la piel y me tira del pelo. No sé de dónde sale, tal vez llegó con el viento el año pasado y registrando las calles y rincones se apoderó de mí. Quizá el viento lo invitó también a venir.
Aquí pasan cosas raras cuando se acerca el frío, las calles de casa viejas no se moverán, lo sé. Pero no hay nadie como yo. Pelo suave y brillante, verde. Las montañas me invitan a recorrerlas, a buscar en ellas las respuestas a los aportes del aire. Son majestuosas. A dónde irá el tren?. Por qué las vías nunca se escapan por los poros del suelo?. La vieja estación de madera ya no basta, no dará ni una pista, no me dirá si el techo del pueblo se agujeró para siempre y si cada agujero luminoso es una salida al mar lácteo. Por qué soy verde y no azúl como el cielo?. A dónde se va la otra parte de la luna?. A donde se va la gente que se va?. La que no veo después de un tiempo. Me volveré tren al aspirar su humo?. También me iré con el viento?. Maúllo a veces por dolor, angustia e incertidumbre y nadie lo sospecha. 

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