domingo, 1 de marzo de 2015

DESPUÉS DEL ACCIDENTE




      Ese viernes caluroso nos habíamos reunido para ir a visitar a Fabricio a su casa de descanso en las afueras de la ciudad. Al fin podríamos verlo después del accidente que tuvo en semanas anteriores y en las cuales no habíamos podido visitarlo por el estado delicado de recuperación en que se encontraba él. Los médicos habían sugerido que después del accidente era aconsejable estar aislado por un tiempo y en terapia.
Sus familiares lo habían enviado a una gran casa muy antigua, herencia de la familia, que se encontraba en la cima de un cerro y a la cual se podía llegar por un estrecho sendero escarpado.
Emocionados emprendimos la visita a nuestro amigo. Nuestro grupo constaba de tres chicas y dos chicos, sus mejores amigos.

Al llegar nos recibió una señora muy adusta, de unos cincuenta y tantos años de edad, vestida recatadamente a la antigua.
Con gesto austero nos saludó y nos pasó a la sala de estar. Nosotros íbamos con el fandango bien puesto, a bailar, brindar y festejar la recuperación de Fabricio, ya teníamos ganas de verlo y que se incorporara a nuestras juergas como lo hacíamos antes de su accidente.
La mujer que nos recibió nos recomendó seriedad, silencio y nos explicó que Fabricio había cambiado un tanto. Que tuviéramos paciencia y fuéramos prudentes. Que no le preguntáramos nada referente a su terapia.
Se nos frustró la fiesta. Y nosotros que llevábamos las botellas de licor y las chicas iban con sus mejores mini-garritas para alegrar a nuestro amigo después de meses de aislamiento.
Llegó Fabricio caminando con dificultad desde un pasillo. Se apoyaba en un andador de aluminio. Nos sorprendimos pero festejamos el verlo. El agradeció nuestra presencia.
Saludos, abrazos, besos, chismes, mejores deseos, risas, bromas pero todo vigilado por la mujer que nos recibió. Fabricio nos dijo que era su tía y ella lo cuidaba. Nos comentó en voz baja que tenía poco que la conocía, que sus padres la enviaron ahí para atenderlo, supo que vivía en otra ciudad y que nunca se había casado y llevaba una vida algo anónima de la familia.
Durante la comida los comentarios y bromas fueron escuetos y reservados tratando de mantenernos lo más prudente y serios ante la mirada de loza que nos caía de la tía desde un rincón del comedor. Después de comer pasamos otra vez a la sala de estar. Fabricio se dejó caer sentándose en el sofá y abrió sus piernas como cansado. Lo miré con detenimiento y me pregunté en qué consistió su accidente, cómo le afectó y qué clase de terapia tenía y por qué era tan delicado preguntar o comentar algo al respecto.
Mientras él platicaba con los demás y las chicas le coqueteaban, yo buscaba con la mirada en su cuerpo algo anormal, alguna cicatriz, algo de más o de menos. Lo vi muy completito y empecé a imaginarme las partes que no podía ver. No era difícil pues en alguna ocasión las conocí, y era tan agradable que empecé a recordar el momento al grado que ignoré la realidad y comencé a disfrutar la entrega, la exitación. Su mirada tropezó con la mía, el reía con las boberías de los demás, yo no pude disimular mi mirada lasciva y el brillo del deseo, del recuerdo de lo fugaz pero intenso y delicioso. Me levanté de mi asiento fingiendo que iría al patio a fumarme un cigarrillo, pero salí de la estancia por el pasillo lateral, no sin antes mirar a Fabricio con invitación coqueta disimulada.
A la derecha del pasillo a medio camino rumbo a la cocina, se encontraba el cuarto de baño y el sanitario. Yo pasé de largo esperando ver qué hacía Fabricio. El se levantó, se disculpó y se encaminó al sanitario. En la puerta se detuvo, me miró y me sonrió traviesamente entrando. Yo resistí la invitación –¡Por que era una invitación!- por un momento. Pensaba en su tía, en las chicas y los demás que estaban en la sala, en su accidente. Pero el deseo era mayor y con silencioso paso me acerqué a abrir la puerta del sanitario. Fabricio orinaba en la taza de baño, volteó y me invitó a entrar. Cerré la puerta y accioné el seguro emocionada y dispuesta por lo menos a hacer sexo oral. Fabricio metió su pene, bajó la tapa de la taza y se sentó sobre ella. Me sonrió discretamente y muy serio me dijo que sólo quería enseñarme algo. Que tal vez yo no lo aceptaría ya más después de lo que me iba a contar. Había sido muy difícil todo, que ya no sería el mismo y por lo tanto su visión de la vida social así como sexual había cambiado.
  • Ya no tiene caso los pormenores del accidente. La viga atravesó parte de mi cuerpo y no había otra opción-.
Los médicos le explicaron que la uretra quedó en parte destrozada, la vejiga cambió de lugar y el perineo se cauterizó junto con los conductos urinarios. Yo no podía creer lo que me explicaba, era tan complejo en términos médicos y tan increíble. Estaba pasmada, no sabía que decir. El se paró de la taza, bajó su pantalón de felpa y volvió a sentarse abriendo sus piernas. Me enseñó debajo de sus testículos. Tenía una cicatriz abierta que semejaba una vagina. Algún médico joven le comentó con demasiado humor negro que la ventaja es que ahora podía hacer lo que quisiera con ella. ¡Fue espantoso! Me dejó por un instante helada y enseguida pensé con morbo otra cosa, pero sí me causó de paso algo de repulsión. Aquella vagina accidental estaba húmeda, segregaba un líquido seminal o algo así. La miré estupefacta. Fabricio subió su pantalón con gesto de fastidio.
-No quieres ni tocarlo, verdad? Te da asco. Te dije que ya no es igual que antes. Pero puedo hacértelo, puedo metértela pero te da asco pensar en esto.
-No, no, no es así Fabricio. Estoy impactada pero no me da asco, estoy pensando en las opciones que podríamos hacer con todo.
El se empezó a alterar.
-Me tienes lástima, ¿verdad? Por que me ves en andador, por que no camino bien. Ésta cosa todavía me duele.
-No Fabricio, tranquilo, ¡sshht! Nos van a oir.
Escuché los pasos pausados de la tía por el pasillo. Fabricio se abalanzó sobre mí diciendo que me demostraría que sí podía metérmela hasta el fondo, que me haría gritar como aquella vez y pedirle más.
La situación ya no era compasiva. Había en Fabricio algo de resentimiento, coraje e impotencia por su nueva condición.
Escuché el regreso de la tía, supuse que lo buscaba, en cuanto se alejó rumbo a la sala, salí del sanitario y corrí en dirección al patio pero no llegué a él. Fabricio salió al pasillo con el andador en la mano izquierda y con la derecha sujetaba su pene erecto, me miró. Me acerqué tratando de calmar la situación ya que el problema iba a ser difícil con los demás y su tía si se daban cuenta. El pasillo se bifurcaba en otros para dar a más estancias. Evité llegar a la sala de estar intentando de tranquilizar a Fabricio pero él no dejaba de seguirme con una mirada distinta a la que había visto antes a la vez que seguía masturbándose. Eso en realidad me parecía exitante pues había lujuria, deseo mezclado con ira y miedo. Era una sensación extraña, me sentía víctima de un psicópata, perseguida con fines sexuales y perversos. Su lento y dificultuoso caminar hacía más tenso el escape del cual, paradójicamente no quería escapar – Vamos, Fabi, terminemos esto antes que los demás se enteren y tu tía me corra- le dije. Al fondo del pasillo me dejé alcanzar, tiró el andador, apretó su cuerpo contra mi cuerpo restregando su cadera, su sexo contra el mío al grado de provocarme dolor. Me condujo a una habitación y adentro me tiró sobre un sofá. Sujetaba su pene y a la vez frotaba su accidental vagina con la otra mano. Con dificultad se quitó su pantalón, me tomó de los cabellos y puso mi cara ante su pene. -¡Mámalo!- ordenó- ¡Todo!
Era exitante y a la vez repulsivo sentirme su presa, su esclava, su cautiva, su puta. Se acostó de espaldas y abrió sus piernas. El seguía mirándome lascivamente. Lamí todo, su pene, sus testículos, su vagina, su ano, mientras el gemía placenteramente retorciendo su cuerpo disfrutando. Me sentí mujer, me sentí hombre, me sentí extraña pero también gozaba esa nueva experiencia. Introduje mis dedos y lengua en todo orificio natural o accidental, el casi gritaba y pedía más, más dentro, más fuerte. Fue deliciosamente exitante verlo eyacular por sus dos sexos. Lamí todo. Entraba y salía.
Una pregunta inoportuna me asaltó: ¿Por qué yo? ¿Por qué si las demás chicas eran más jóvenes y bonitas que yo? Si venían vestidas más sexis que yo.
-Da igual. Fuiste la primera persona que me sacó de este pinche hastío sexual- me dijo.
Si. Ya tenía muchas opciones.




lunes, 20 de octubre de 2014

GAU

   
                                                               I

      La impetuosidad del viento parecía que intentaba arrancar las piedras de las calles desérticas provocando a los faroles a asirse del único dedo metálico que poseían. Para algunos habitantes era lo más interesante que ocurría en el pueblo en esa temporada, pues con el viento estival llegaban objetos venidos de quién sabe donde.

Gau se desmodorraba de su letargo. Tenía que investigar qué había llegado. Su sapiencia le dictaba mostrar cautela, mirar a distancia, vigilar con paciencia un buen rato para discernir si era algo vivo, abordar con precaución y oler. Tocar con cuidado. Mover el bjeto para ver si hay reacción de su parte, si no la hay, probar con la lengua; frío, seco, áspero: un zapato. Gau no lo sabe. Era un zapato. Objeto nada común en el pueblo. No es por que la gente anduviera descalza, ellos y los que llegaban usaban sandalias de piel. El zapato era de tela brocada, tacón de copa, bordado con hilos de un metal dorado. Gau no sabría que era un zapato victoriano, versallezco, como los que dice la historia que usó María Antonieta. 
Resuelto el misterio para Gau, continuó su recorrido rumbo a la estación del tren. No había que caminar mucho, el pueblo constaba de unas cuantas cuadras. El sol en el cielo mostraba que tenía que esperar un poco para la llegada del tren. 
El pelaje de Gau lucía un hermoso verde bajo la luz solar. El lo sabía, se mostraba orgullso, con su caminar lento, fino, con la elegancia de quien se sabe único. Ya estaba en la adolescencia cuando su madre adoptiva, una hembra de la raza cannis, que murió de vieja ya hacía mucho tiempo, lo dejó para custodia de la estación del tren. Hay que vigilar quien llega.

Antes de detenerse completamente la locomotora, alguna gente brincaba de los vagones. Ya detenida, bajaban señoras con grandes canastas de frutas, señores serios y niños gritones. Gau se acercaba. En el ambiente se mezclaban los olores a pan, dulces, gallinas, sudor, flores. La gente que se tenía que ir abordaba rapidamente y el tren marchaba. La vieja estación de madera otra vez estaba sola. Gau se acercaba a la vía férrea para olerla. Siempre el aroma dulzón. No hay rastro. Las ruedas del tren no dejaban la huella olfativa de los objetos aparecidos por el viento. No huele a zapato antiguo, no huele a fusil usado, no a tapete turco ni a sotana de monje, tampoco a computadoras de oficina. La mole de acero no dejaba olor en el pueblo de cosas extrañas, ellas venían sólo con el viento de otoño.
Y eran extrañas por que nadie sabía desde donde rodaban, volaban o caían. El pueblo estaba muy lejano de cualquier ciudad y tal vez de algún mapa geográfico, entre las montañas y sólo se llegaba por medio del tren. Gau tenía que seguir investigando y esperar.


                                                               II

     Demasiadas millas para volver. No siempre se és el mismo. No ves nada igual, ni siquiera un gato.


                                                               III

     La noche ha sido extensa. El aire frío me tostaba el pelo y se colaba entre él hasta mis arterias.
Ayer llegó un miñu con un cuello arqueado, roto, sus brazos abiertos pero atados, como cuando matan a un pollo o una chiva. Eso es terrible, verlos morir. Cómo se vuelven líquidos y se escapan por los poros del suelo. He observado de lejos cuando se van, cuando se vuelven tierra, se vuelven olor y giran por las calles, se van a las montañas, es ahí donde nos escaparemos todos algún día, cuando no nos funcione nuestro cuerpo. 
Pero el miñu no se fundió, no tenía vida, estaba rígido. Llegó con el viento también. Su cuerpo era triangular, hueco de en medio, su cabeza semejaba un círculo sin cerrar, carecía de aroma. Ya no tenía importancia.
El dolor en mi extremidad derecha posterior era más agudo; de repente me aborda, me sujeta con fuerza, no me da tiempo de correr, me oprime, me pellizca la piel y me tira del pelo. No sé de dónde sale, tal vez llegó con el viento el año pasado y registrando las calles y rincones se apoderó de mí. Quizá el viento lo invitó también a venir.
Aquí pasan cosas raras cuando se acerca el frío, las calles de casa viejas no se moverán, lo sé. Pero no hay nadie como yo. Pelo suave y brillante, verde. Las montañas me invitan a recorrerlas, a buscar en ellas las respuestas a los aportes del aire. Son majestuosas. A dónde irá el tren?. Por qué las vías nunca se escapan por los poros del suelo?. La vieja estación de madera ya no basta, no dará ni una pista, no me dirá si el techo del pueblo se agujeró para siempre y si cada agujero luminoso es una salida al mar lácteo. Por qué soy verde y no azúl como el cielo?. A dónde se va la otra parte de la luna?. A donde se va la gente que se va?. La que no veo después de un tiempo. Me volveré tren al aspirar su humo?. También me iré con el viento?. Maúllo a veces por dolor, angustia e incertidumbre y nadie lo sospecha. 

domingo, 19 de octubre de 2014

VIRGINIDAD

                                                             I


   Ya me había parecido esto impuro, aún así me arriesgué a perder la virginidad. Las cartas a Tesalia me hacían pensar en un enfisema.
Después de pasado un buen tiempo esa era la noche adecuada. Todo estaba dispuesto: Las luces, la música, la compañía adecuada al momento ajustándose a la medida de la concavidad húmeda y perfumada. 
El incienso flotaba por todas partes. Eso me daba la sensación de complicidad. no sería tan evidente la pérdida ni los rastros de lo que buscaba abandonar.

Tiempo atrás ya lo había intentado, pero no tenía el valor de ahora que me inyectaban las paredes húmedas por el calor, la finura de quien lo haría conmigo ni la suavidad de sus palabras. Antes había dolido, incluso tuve un pequeño sangrado que aminoré con hielo colocado en la frente. El susto me tuvo indecisa por años, pero ésta era la noche indicada, la especial. Sentía un deseo y una urgencia de tenerlo dentro, sentir su calorcito azucarado que penetraba por los poros de mi cuerpo que transporta a las mil y una noches, a una tierra salvaje de géiseres almizclados, de peces volátiles a flor de piel y de espaldas, en la cual me recorría una sensación de caricias en noche de lluvia en el cuarto de un hotel lejano y silencioso.

                                                                 II

     Lo tomé entre mis dedos, lo acaricié lentamente, crucé miradas de aceptación masculina. El me sonreía como quien ve con lascivo deleite morder una fresa cubierta con chocolate o una crema chantillí sobre una cereza.
Gemí al sentirlo en la orilla de mis labios...
Pasaban por mi mente mil pensamientos a la velocidad de la luz. Que contestaría para Tesalia? Cómo podría sobrevivir después sin aquel acto? Me volvería adicta a el? Me volvería a sangrar?...
Era necesario hacerlo y me sentí a gusto.
Lo introduje lento con lujuria deliciosa y suspiré...aspiré. Lo subí... -arriba, arriba...ahhh- el gemía. Lo saqué.
Nada era tan placentero como aquello. Casi me desmayo del rico placer.

El me tomó tiernamente por la cintura y besó mi frente en complicidad. Al fin... había perdido mi virginidad pulmonar con un cigarrillo Marlboro... él sonreía satisfecho.

MISIVA VIRTUAL

     Ya ves, las coincidencias son sensibles al tacto de una letra, a una mirada fugáz como sombra de ave en el agua. Y tu que me decías que ya habías volado... Ya estarías muy lejos que ni mi oído percibiera tu ala, que ni mi alma sintiera ese temblor como hoja a la primera gota de lluvia, o al primer soplo de otoño. Ni medio mundo me basta para llegar a tus ojos. Ni medio planeta me es mucho para sentir que vibras cuando oyes mi voz. 
Cuando se dibuja el signo que esculpe y moldea mi deseo ante tus retinas y emerge el titán de brazos largos, de sonido élfico en bosque perdido, y me encuentra, y me desgarra la voluntad forjada a hierro candente sobre el cual yace mi destino. Fantasma ancestral, ahora has venido desde muy lejos, hueles a renuevos, manzanas, hierba fresca y castañas asadas a la orilla de la quietud con tu fiesta en la sangre, con faroles en la piel que me hacen danzar, danzar hasta el amanecer hasta no ver más mis pies haciéndonos volar juntos... dermis de estanque, de fruta en su punto y deliciosa, vino fino, manjar de Oriente.

Y SI...

     Y si eso fuera todo? Todo lo que el señor Destino nos preparó para el festejo de los siglos? Desde miríadas se rastrearon tus contornos a través de los reflejos mohosos de las torres antiguas en los rincones de los campanarios en ciudades de nubes. No hay idea que no sea cincelada a volverse cal, ni manos que se nieguen a tocarla. Ahora vienes, y tus retinas desafían las mías a volverse cópula ocular. Transgénesis de piel, piel húmeda, moldeada por tu tacto experto y sabio en texturas. Superficie allanada en intempóreos pliegues. Cosmos sibilino en constante migración donde los rostros caducos de que te nombraron en silencio mutaron. Mímesis de tu boca en perfecta armonía a la concavidad de mis pechos.

Y, si no eres tu? Y si transita por tu dermis ese dios antiguo que perseguí en rezos? Y si tu plinto es mi suelo, mi patria que me ata y desata de los muros de lamentos en los que oré por eones para verte tan sólo una vez más?.

Pegaré hojas secas en mi cuerpo en días de lluvia sólo para anidar en tus estiques de barro, tus letras que escribías en la corteza de mis pendones para colgar en tus impulsos. 

Mis lienzos aún están mordentes, húmedos como los dejaste...

ANAGNÓRISIS

Hoy resucito
de esta piedra lapidaria
que a golpe de cincél
labró la indolencia.
El gólem escapa
y en su frente la insignia
que lo mudará de piel
habita acrisolada,
contempla la invasión
y no se volverá contra él.

A IVAN

Amplio puerto. Ser de arena.
De ósculos tejidos al precipicio de la noche.
Navegas con el viento en la cara
donde la libélula se decapita,
donde aúllan los tritones
añorando nombres imaginarios.

Tus párpados madreselva, náufragos
entintas en presagios de sol.
La sonrisa de café azucarado
la bordas, la esculpes en mis cabellos
los cuales empeñé en el primer
suspiro por seguirte en un sueño.

Acenizas mis dogmas,
liberas la luna de su cuarto de baño,
acosas mis instintos mundanos
con el simple hecho de ser.