Ese viernes caluroso nos
habíamos reunido para ir a visitar a Fabricio a su casa de descanso
en las afueras de la ciudad. Al fin podríamos verlo después del
accidente que tuvo en semanas anteriores y en las cuales no habíamos
podido visitarlo por el estado delicado de recuperación en que se
encontraba él. Los médicos habían sugerido que después del
accidente era aconsejable estar aislado por un tiempo y en terapia.
Sus
familiares lo habían enviado a una gran casa muy antigua, herencia
de la familia, que se encontraba en la cima de un cerro y a la cual
se podía llegar por un estrecho sendero escarpado.
Emocionados
emprendimos la visita a nuestro amigo. Nuestro grupo constaba de tres
chicas y dos chicos, sus mejores amigos.
Al llegar nos recibió una
señora muy adusta, de unos cincuenta y tantos años de edad, vestida
recatadamente a la antigua.
Con
gesto austero nos saludó y nos pasó a la sala de estar. Nosotros
íbamos con el fandango bien puesto, a bailar, brindar y festejar la
recuperación de Fabricio, ya teníamos ganas de verlo y que se
incorporara a nuestras juergas como lo hacíamos antes de su
accidente.
La
mujer que nos recibió nos recomendó seriedad, silencio y nos
explicó que Fabricio había cambiado un tanto. Que tuviéramos
paciencia y fuéramos prudentes. Que no le preguntáramos nada
referente a su terapia.
Se
nos frustró la fiesta. Y nosotros que llevábamos las botellas de
licor y las chicas iban con sus mejores mini-garritas para alegrar a
nuestro amigo después de meses de aislamiento.
Llegó
Fabricio caminando con dificultad desde un pasillo. Se apoyaba en un
andador de aluminio. Nos sorprendimos pero festejamos el verlo. El
agradeció nuestra presencia.
Saludos,
abrazos, besos, chismes, mejores deseos, risas, bromas pero todo
vigilado por la mujer que nos recibió. Fabricio nos dijo que era su
tía y ella lo cuidaba. Nos comentó en voz baja que tenía poco que
la conocía, que sus padres la enviaron ahí para atenderlo, supo que
vivía en otra ciudad y que nunca se había casado y llevaba una vida
algo anónima de la familia.
Durante
la comida los comentarios y bromas fueron escuetos y reservados
tratando de mantenernos lo más prudente y serios ante la mirada de
loza que nos caía de la tía desde un rincón del comedor. Después
de comer pasamos otra vez a la sala de estar. Fabricio se dejó caer
sentándose en el sofá y abrió sus piernas como cansado. Lo miré
con detenimiento y me pregunté en qué consistió su accidente,
cómo le afectó y qué clase de terapia tenía y por qué era tan
delicado preguntar o comentar algo al respecto.
Mientras
él platicaba con los demás y las chicas le coqueteaban, yo buscaba
con la mirada en su cuerpo algo anormal, alguna cicatriz, algo de más
o de menos. Lo vi muy completito y empecé a imaginarme las partes
que no podía ver. No era difícil pues en alguna ocasión las
conocí, y era tan agradable que empecé a recordar el momento al
grado que ignoré la realidad y comencé a disfrutar la entrega, la
exitación. Su mirada tropezó con la mía, el reía con las boberías
de los demás, yo no pude disimular mi mirada lasciva y el brillo del
deseo, del recuerdo de lo fugaz pero intenso y delicioso. Me levanté
de mi asiento fingiendo que iría al patio a fumarme un cigarrillo,
pero salí de la estancia por el pasillo lateral, no sin antes mirar
a Fabricio con invitación coqueta disimulada.
A
la derecha del pasillo a medio camino rumbo a la cocina, se
encontraba el cuarto de baño y el sanitario. Yo pasé de largo
esperando ver qué hacía Fabricio. El se levantó, se disculpó y se
encaminó al sanitario. En la puerta se detuvo, me miró y me sonrió
traviesamente entrando. Yo resistí la invitación –¡Por que era
una invitación!- por un momento. Pensaba en su tía, en las chicas y
los demás que estaban en la sala, en su accidente. Pero el deseo era
mayor y con silencioso paso me acerqué a abrir la puerta del
sanitario. Fabricio orinaba en la taza de baño, volteó y me invitó
a entrar. Cerré la puerta y accioné el seguro emocionada y
dispuesta por lo menos a hacer sexo oral. Fabricio metió su pene,
bajó la tapa de la taza y se sentó sobre ella. Me sonrió
discretamente y muy serio me dijo que sólo quería enseñarme algo.
Que tal vez yo no lo aceptaría ya más después de lo que me iba a
contar. Había sido muy difícil todo, que ya no sería el mismo y
por lo tanto su visión de la vida social así como sexual había
cambiado.
- Ya no tiene caso los pormenores del accidente. La viga atravesó parte de mi cuerpo y no había otra opción-.
Los
médicos le explicaron que la uretra quedó en parte destrozada, la
vejiga cambió de lugar y el perineo se cauterizó junto con los
conductos urinarios. Yo no podía creer lo que me explicaba, era tan
complejo en términos médicos y tan increíble. Estaba pasmada, no
sabía que decir. El se paró de la taza, bajó su pantalón de felpa
y volvió a sentarse abriendo sus piernas. Me enseñó debajo de sus
testículos. Tenía una cicatriz abierta que semejaba una vagina.
Algún médico joven le comentó con demasiado humor negro que la
ventaja es que ahora podía hacer lo que quisiera con ella. ¡Fue
espantoso! Me dejó por un instante helada y enseguida pensé con
morbo otra cosa, pero sí me causó de paso algo de repulsión.
Aquella vagina accidental estaba húmeda, segregaba un líquido
seminal o algo así. La miré estupefacta. Fabricio subió su
pantalón con gesto de fastidio.
-No quieres ni tocarlo,
verdad? Te da asco. Te dije que ya no es igual que antes. Pero puedo
hacértelo, puedo metértela pero te da asco pensar en esto.
-No, no, no es así Fabricio.
Estoy impactada pero no me da asco, estoy pensando en las opciones
que podríamos hacer con todo.
El
se empezó a alterar.
-Me tienes lástima,
¿verdad? Por que me ves en andador, por que no camino bien. Ésta
cosa todavía me duele.
-No Fabricio, tranquilo,
¡sshht! Nos van a oir.
Escuché
los pasos pausados de la tía por el pasillo. Fabricio se abalanzó
sobre mí diciendo que me demostraría que sí podía metérmela
hasta el fondo, que me haría gritar como aquella vez y pedirle más.
La
situación ya no era compasiva. Había en Fabricio algo de
resentimiento, coraje e impotencia por su nueva condición.
Escuché
el regreso de la tía, supuse que lo buscaba, en cuanto se alejó
rumbo a la sala, salí del sanitario y corrí en dirección al patio
pero no llegué a él. Fabricio salió al pasillo con el andador en
la mano izquierda y con la derecha sujetaba su pene erecto, me miró.
Me acerqué tratando de calmar la situación ya que el problema iba a
ser difícil con los demás y su tía si se daban cuenta. El pasillo
se bifurcaba en otros para dar a más estancias. Evité llegar a la
sala de estar intentando de tranquilizar a Fabricio pero él no
dejaba de seguirme con una mirada distinta a la que había visto
antes a la vez que seguía masturbándose. Eso en realidad me parecía
exitante pues había lujuria, deseo mezclado con ira y miedo. Era una
sensación extraña, me sentía víctima de un psicópata, perseguida
con fines sexuales y perversos. Su lento y dificultuoso caminar hacía
más tenso el escape del cual, paradójicamente no quería escapar –
Vamos, Fabi, terminemos esto antes que los demás se enteren y tu tía
me corra- le dije. Al fondo del pasillo me dejé alcanzar, tiró el
andador, apretó su cuerpo contra mi cuerpo restregando su cadera, su
sexo contra el mío al grado de provocarme dolor. Me condujo a una
habitación y adentro me tiró sobre un sofá. Sujetaba su pene y a
la vez frotaba su accidental vagina con la otra mano. Con dificultad
se quitó su pantalón, me tomó de los cabellos y puso mi cara ante
su pene. -¡Mámalo!- ordenó- ¡Todo!
Era
exitante y a la vez repulsivo sentirme su presa, su esclava, su
cautiva, su puta. Se acostó de espaldas y abrió sus piernas. El
seguía mirándome lascivamente. Lamí todo, su pene, sus testículos,
su vagina, su ano, mientras el gemía placenteramente retorciendo su
cuerpo disfrutando. Me sentí mujer, me sentí hombre, me sentí
extraña pero también gozaba esa nueva experiencia. Introduje mis
dedos y lengua en todo orificio natural o accidental, el casi gritaba
y pedía más, más dentro, más fuerte. Fue deliciosamente exitante
verlo eyacular por sus dos sexos. Lamí todo. Entraba y salía.
Una
pregunta inoportuna me asaltó: ¿Por qué yo? ¿Por qué si las
demás chicas eran más jóvenes y bonitas que yo? Si venían
vestidas más sexis que yo.
-Da igual. Fuiste la
primera persona que me sacó de este pinche hastío sexual- me dijo.
Si.
Ya tenía muchas opciones.